martes, junio 30, 2009

Master Class

I

Para mi gran privilegio, desde hace algunos años, los que tengo dedicándome a este oficio, he conocido a muchos escritores. Algunos son mis amigos. Algunos son mis amigos muy queridos. A otros, los admiras desde lejos; ya sea por que no están en la misma órbita que uno, o en el mismo plano de realidad. De muchos aprendes, y de uno de los que más he aprendido (aún si él sería incapaz de decir que pretendiera tal cosa) es de José Emilio Pacheco. Y no sólo he aprendido como oficial de la letra: he aprendido de su persona, lecciones aún más entrañables y valiosas.

Alberto Chimal (quien, posblemente, en algún futuro será aclamado como el José Emilio de nuestra generación, que conste, pero no se trata de comparar) nos revela en su blog Las Historias, cuál fue su primer José Emilio. El mío es distinto: el mío fue a través de un cuento que hoy todavía me sigue causando ansiedad -- Tenga para que se entretenga (incluido dentro de El principio del placer, serie del volador de Mortiz, 1972).

Leído en mi adolescencia, José Emilio fue como una iluminación. Estos son los temas que quiero tocar, me dije, esto es lo que quiero escribir un día. Pero mis maestros (Dios los guarde. Literalmente, que los guarde) decían que escribir relatos de fantasmas y elementos sobrenaturales o inexplicables, no era literatura (supongo que, para la buena Ifigenia, mi diminuta -- en todos los sentidos, cabía en un bolsillo- maestra de literatura en la secundaria, entonces libritos como Pedro Páramo, Aura, Cambio de Piel, Sobre héroes y tumbas, La Invención de Morel, La Región Más Transparente, Morirás Lejos, La muchacha en el balcón o los mismísimos Cien años de soledad, tampoco lo son).

Leyendo a José Emilio -- desde los perturbadores relatos-viñeta de El Viento Distante, pasando por Las batallas en el desierto y la ya mencionada El principio...- descubrí que sí se puede tocar todo tema que se desee, y hacerlo verosímil (escalofriante o conmovedoramente según se quiera) y darle textura de vida a cada trama, cada personaje, cada atmósfera.

Hablaba Alberto de que hay muchos José Emilios: el narrador, el enormísimo poeta, el cronista, el ensayista, el crítico de su tiempo, el maestro generoso con las generaciones siguientes. Todos y cada uno, parte de una misma persona, de un mismo creador. Yo, a título muy personal y, si se quiere, por razones sentimentales, me quedo con el narrador (del que hay ¡ay! tan poco) y ha sido de él que me he nutrido, aún antes de haberle podido agradecer en persona, alguna vez, su generosidad desconocida.

II

José Emilio llegó a Gijón el verano pasado, para ser partícipe en Semana Negra de la velada poética instituida por Ángel González y para ser lector en el homenaje póstumo que se le hizo a éste. Legó sin aspavientos de ninguna índole. Se integró con el contingente como si hubiera pertenecido a él toda la vida. Hizo amigos, habló con todo el mundo, fue accesible y humilde -- considerando su estatus, esto es algo sorprendente hoy día, que cualquiera se ostenta escritor y hace desplantes sin un canon que lo justifique.

La noche de su llegada, lo encontré en la terraza del Don Manuel, quería un vodka tonic. Lo saludé con la formalidad que supuse requería el momento y antes que pudiera decirle que lo había conocido brevemente unos quince años atrás, en la universidad (su hija Laura Emilia fue mi compañera en la Facultad de Filosofía y Letras, y es una de las traductoras más brillantes que conozco, entre sus muchos talentos), me dijo que él me leía en mis incursiones periodísticas.

Me dio un vuelco no el corazón, sino todo el sistema circulatorio.

José Emilio dio una clase magistral de eso mismo, de clase y sencillez, durante toda su estancia (tan breve) y nos abrigó el corazón a muchos (mi compadre Miguel Barrero no me dejará mentir), con generosidad, con ternura. Si ya admiraba su lectura, quedé impresionado (y muy honrado).

Hoy, José Emilio cumple 70 años y se le rinde homenaje nacional. En Bellas Artes habrá una lectura maratónica de Las Batallas y me invitaron a participar. Me emociona y me sorprende la coincidencia. Acepté y acudiré a la cita con la alegría de darle un poquito de vuelta, de lo que nos ha dado a todos tantas veces, con cada línea, cada oración.

Mañana es mi vuelta a casa, así que no se me ocurre mejor manera de despedirme de esta ciudad que ésta, dándole un fuerte abrazo a quien nos abrazó con su obra, a toda una generación.

viernes, junio 26, 2009

Réquiem por una rubia texana y un guante enjoyado


Ayer, una generación entera – la mía, los que crecimos entre los años 70 y 80- fue sacudida por algo que quizás algunos consideran frívolo (sé que Hugo Chávez hizo berrinche ante los medios), que no por ello deja de señalar el fin de una era: las muertes, una tristemente esperada y la otra desconcertantemente súbita, de Farrah Fawcett y Michael Jackson, cada uno a su manera, auténticas figuras icónicas de la cultura popular (no sólo del espectáculo) que en su momento (e incluso ahora pese a su desaparición) encarnaron de modo concreto y global la noción de la celebridad mediática, radiante de carisma, que se las ingenió para dejar huella en la memoria colectiva.


Una rubia, un sarape y todo lo demás…

Aunque ya había debutado en cine en 1970 como rubilinda virgen de Hollywood en la joya del camp --¡basada en una novela de Gore Vidal!- Myra Breckinridge, la texana que nació llamándose Ferrah Leni Fawcett (su primer manager le cambió una vocal para que fuera más armónico) realmente alcanzó la fama hasta los 28 años, en 1976, cuando se incorporó al reparto de la serie de culto Los Ángeles de Charlie, junto con Jaclyn Smith y Kate Jackson. Como la sexy Jill Munroe, la Fawcett llegó, acompañada por los acordes del memorable tema compuesto por Henry Mancini, a millones de espectadores alrededor del mundo; así pasó de ser atractivo visual de relleno (y esposa de Lee Majors, entonces de moda como El Hombre Nuclear) a convertirse en genuina superstar.


Algo de culpa de esta repentina popularidad tendría aquella famosa foto publicada en la revista Life ese mismo año, que la mostraba luciendo su sonrisa deslumbrante y melena dorada con peinado característico (definió toda una época: millones de mujeres se peinaron igual por años) en todo su esplendor, con un traje de baño rojo en el que se ve claramente la ausencia de sostén, mas un colorido sarape de Saltillo a modo de ciclorama. La imagen no sólo fue el poster más vendido de la historia (¿cuántos no lo tuvieron en la pared de su habitación en la adolescencia setentera?): es la imagen primera de la fantasía sexual de millones en los cinco continentes en ese tiempo.


Inquieta y deseosa de trascender a su programa semanal, abandonó la serie en 1978 para incursionar en el cine, con poco éxito (¿recuerdan Alguien mató a su marido o Saturno 3? Ella trató de olvidarlas); sin embargo se mantuvo vigente no sólo gracias a su vida amorosa (flor de escándalo al abandonar a su marido para ser compañera durante muchos y borrascosos años, de Ryan O’Neal, con quien procreó a su único hijo, Redmond, hoy día un joven de vida difícil) sino también por el insólito segundo aire que tuvo su carrera cuando muchos ya la veían en la lona, al acercarse al teatro Off-Broadway y proyectos de prestigio en la pantalla chica como La cama ardiente – donde interpretaba con brutal realismo a una mujer golpeada que literalmente quema a su marido- y algunas miniseries biográficas basadas en las vidas de figuras como Barbara Hutton (heredera de la fortuna Woolworth), la fotógrafa Margaret Bourke-White y la cazadora de criminales Nazis Beate Klarsfeld, mismas que le valieron nominaciones a premios Emmy y Globos de Oro. Su última participación de importancia en cine fue en El Evangelista, protagonizada y dirigida por Robert Duvall, por la que recibió los elogios de la crítica que durante décadas la habían eludido.


Desde que se le diagnosticó el cáncer colorectal que finalmente acabaría con su vida, en 2006, la Fawcett se avocó a hacer campaña para prevenir el mal y habló públicamente al respecto en distintos foros: su imagen de símbolo sexual pasó a segundo plano y se le reconoció como una mujer valerosa. Irónicamente, O’Neal le propuso (por enésima vez) matrimonio poco antes de su muerte y en esta ocasión, aceptó, aunque ya no tuvo tiempo para hacerlo. Aún sin proponérselo Farrah Fawcett se convirtió en la imagen de los 70 para todos los que los recuerdan – más aún que Richard Nixon, Bruce Lee o el mismísimo John Travolta- y su muerte, dolorosa y triste como fue, anuncia el final de un sueño, aunque se hubiera visto (injustamente) opacada ante los medios por la desaparición de otro personaje que quizá nos impacta más por su inmediatez en la referencia: Michael Jackson, apodado de modo general como ‘el rey del pop’.

Fuera de este mundo

¿Qué se podría escribir sobre Michael Jackson, que no se haya aludido, desglosado y/o examinado antes hasta el cansancio? Los rumores, las especulaciones, las verdades a medias y las mentiras descaradas: todo tal y como a él le gustaba, para establecer su propia imagen cada vez más distorsionada, ajena de la realidad y al mismo tiempo – al menos para sus fans, que se cuentan por millones- ostensiblemente mitológica. Y es que el propio Michael Jackson, el ‘baby’ de los Jackson 5 fue el arquitecto de su propia leyenda y su desconcertante conclusión, si la hubiera previsto, no le habría salido tan, pero tan bien: sale del ojo público del mundo como entró en él, de golpe, con un impacto notable y sin que nadie pueda detenerlo.


Habrá quienes lo vean con menosprecio o como un auténtico superfreak, a estas alturas del partido, pero no sería justo olvidar que si bien ya no era ese chicuelo con afro (y su nariz natural) que le cantaba a Ben la rata asesina, no sin ternura, y que enseñó al mundo que ABC es tan fácil como One-Two-Three, ni tampoco era ya ese joven y vibrante ídolo de las masas ochentenas que caracterizado de zombi (casi todo mundo tuvo su LP de Thriller, ¿a poco no?) ejecutaba espectaculares rutinas de baile con un guante enjoyado, se había ganado a pulso su lugar en el mundo como un grande.


¿Era un excéntrico inconsciente e irresponsable? Posiblemente. ¿Racista avergonzado de su piel? Obviamente eso parece. ¿Cínico pederasta impune? Muchos millones, piensan eso, yo entre ellos. ¿Tópico sobreexpuesto? Lo más probable. Sin embargo, más allá de los tribunales, las alharacas, hermanos parasíticos y envidiosos, los benevolentes ojos violeta de la Taylor, la boda y divorcio precipitados con Lisa-Marie Presley, el deprimido chimpancé Bubbles y los millones de dólares desperdiciados en vaya usted a saber qué cosa, el ‘Jacko’ llegó para quedarse y su deceso, de un ataque cardiaco fulminante, a tan poco de ese muy cacareado comeback, es el broche de oro ideal para que se le devuelva al trono que había visto lejano: ahora ya no habrá cosas feas que salpiquen con inmundicia y maledicencia (o al menos esto es lo que sus fans esperan, comparándolo ya como un fenómeno de la estatura de Elvis o del malogrado John Lennon) su prestigio obtenido a base de trabajo incansable y un talento natural que nadie le regatea: a los 50 años de edad, el Jackson más famoso se convierte en mito y si la gente habla, que así sea. Es exactamente lo que él, blanco o negro, máscara o niño del espacio atrapado en un mundo ajeno, habría anticipado… e incluso, tal vez gozado a más no poder.


Toda prensa es al final buena prensa, y más cuando puede decirse ‘Yo soy leyenda’ sin faltar a la verdad.

martes, junio 09, 2009

Habanera de mi cumpleaños 35

Hoy cumplo 35 años.

Pensaba que, al cumplirlos (y claro, esto lo pensaba antes, como a los 17), me sentiría como dice Evelyn Waugh (en boca de Sebastian, uno de sus personajes) en ese portento de librazo que se llama Brideshead Revisited: "Oh, I don't feel old. I feel middle-aged, which is infinitely worse!"...

... pero no es así.

Cuando cumplí treinta, sentí que iba subiendo una montaña, que era muy dura e inclinada. Ahora, me doy cuenta de que no he llegado ni a la mitad, pero no siento ningún tipo de cansancio. Al contrario: creo que el camino, aún con sus tramos sinuosos, se ha vuelto más claro, menos escarpado -- aunque me falta mucho por llegar.

Así, pues, son 35. Y tengo mucho para mostrar con ello: cicatrices como medallas, un sinfín de anécdotas, amigos entrañables que componen una familia ecléctica, dispersa, pero extraordinaria y sobre todo: mía. Y también tengo, naturalmente, una familia (en mis brazos, pueden ver al integrante más joven de ella, una de las personitas más importantes para mí).

Este año, lo empiezo en otra parte, acaso un poco 'unstuck' en el tiempo: no estoy en lo que es mi 'normalidad' -- pero no puedo permitir que me afecte; si estoy en la situación en que me hallo ahora, es precisamente por una razón importante, una lucha que rendirá frutos a la larga, en la siguiente etapa de mi vida. También estoy cerrando círculos: veinte años o más de círculos, que son páginas que se van cerrando. Mi memoria seguirá intacta, pero ya no voy a vivir más con rencores acendrados, con resentimientos guardados y supurantes. Para poder amar a los que me rodean, tengo que empezar por ello: así pues, el domingo hice algo que me sorprendió por su simpleza -- pedí perdón y perdoné.

Es una manera, supongo, de encontrar la paz, el sosiego y la felicidad. Tal vez así pueda vivir y sentir el amor (quiero ser amado, voy a ser amado, de hecho soy profundamente amado y eso me hace muy dichoso, y he sido ingrato, rechazando ese cariño que me rodea, que me cubre, por la estúpida y errónea idea de que no me lo merezco. Algo habré hecho bien, que hay gente que me quiere y a la que quiero y eso es lo que me nutre, me alienta, me alimenta).

No voy a seguir en mi camino a donde sea (mi vuelta a Finisterre, mi entrada a la segunda parte de mi vida) cargando cosas que no quiero seguir cargando: ir sin inseguridad, sin sinsabores (ya sea reales o imaginados), sin miedos absurdos (salvo a los robots, a las gallinas y a las aves mecánicas, claro), sin lastres innecesarios.

Gracias, gracias, por todo, a todos. Esta vida es mucha vida y es más vida cuando se comparte lo que hay.

Así, llego a la mitad de los treintas con mis libros bajo el brazo, con la alegría de poder decir que soy escritor, con mi tribu cercana y amorosa, con Audrey -- mi chaparrita, cuya falta me tiene hecho una desgracia, pero ya será menos, espero pronto-, con tantas risas, tantas cosas buenas.

Son treinta y cinco. Y me siento tan bien, como a los cinco, a los quince, veinte, veinticinco, treinta y como, espero, al último día: como en el primero: feliz, feliz.


viernes, junio 05, 2009

Como en trapecio

Algunas veces, la vida es como saltar en trapecio, de un sitio a otro: de una idea a otra, en la perpetuación de la búsqueda de un significado, de la realización de un sueño.

Y saltas,
y saltas,
una y otra vez

Pero algunas veces también es bueno soltar el trapecio y dejarte atrapar por la red de amor (el amor verdadero) que está en torno tuyo, para protegerte.

Es un regalo y no es terrible aprender a aceptarlo. Abrazar (y dejarte abrazar). Aceptar y querer, a ti mismo y a los demás, tal como son.

Entonces todo es revelado.

jueves, junio 04, 2009

¡En las nubes!


Como ya se ha ido haciendo costumbre (y una muy buena costumbre), el verano trae la más reciente película de Pixar y la anticipación que la precede, no es en vano: el estudio de animación año con año ha presentado un largometraje de muy alta calidad que deja a todos los públicos – los niños muy pequeños, que se maravillan con la animación por computadora y los adultos, que disfrutan de los guiones, que son más sofisticados de lo habitual- con la sensación de haber presenciado algo extraordinario y siempre con ganas de más.

Así, llega Up: Una aventura de altura, que desafía los temas tocados por el estudio anteriormente y explora nuevos terrenos tanto narrativos como visuales: una serie de escenas y momentos memorables, con personajes entrañables.

Uno de los momentos clave de la cinta, es justo al inicio: un breve interludio musical (apenas de cinco minutos), que narra la tierna historia de amor entre Carl Fredricksen, el protagonista, y Ellie, su mujer, desde que se conocen en la niñez cuando sueñan con ser exploradores, hasta que llegan a la vejez. Esta viñeta sin diálogos resulta ser – ecos del cortejo entre Eva y Wall-E- una auténtica lección de cómo hacer cine, en la que cada gesto, cada movimiento y cada color juegan un papel determinado yendo plano por plano, como si fuera una película en sí misma, hermosa, conmovedora e independiente.

Por lo demás, haciendo clara referencia y homenaje a la obra de Julio Verne, René Magritte, Charles Chaplin y Hayao Miyazaki, Pete Docter (que ya se había anotado un jonrón con Monsters, Inc.) presenta una película de animación que no utiliza los efectos por computadora como razón de existir, sino como un elemento más de su puesta en escena. De este modo, cuenta la historia de un anciano solitario y un entusiasta y despistado boy scout que viajan hasta Sudamérica en una casa colgada de centenares de globos de colores (una imagen icónica que queda para la posteridad, tanto como antes quedaron Holly/Audrey desayunando ante el aparador de Tiffany's; la explosión de la estrella de la muerte o la sorprendente risa de la Garbo en Ninotchka) es prueba de la prodigiosa imaginación de los creadores, que parecen haber encontrado el delicado balance entre vanguardia y comercialidad, entre sensibilidad única y para todos los públicos.

Up es una aventura, como la promoción lo dice, pero es mucho más que eso: es una historia inteligente, humana y con corazón. Pixar sigue navegando fuerte, dejando a sus competidores desesperados, dependientes de secuelas (agárrense, ya viene Shrek 4…) y de puntadas que no siempre salen bien, donde una cinta con este sello es garantía de originalidad, detalle, astucia y deleite, que devuelve siempre la fe en el cine, y no sólo en la categoría de animación. Nadie se la debería de perder y, para iniciar a los pequeños en el amor al cine (cosa que pienso hacer mañana con mi sobrino Rafael), es ideal.